Misioneras de Nuestra Señora del Pilar

 

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Esperanza V
 
 
 
 
 
 
   

 

E-005            ME-E 1964         

¡Señora del Pilar...!

¡Eres Señora del Pilar y Señora de la fortaleza...!  ¡Eres Señora de la fe...! Tu vives sin dudas y sin vacilaciones... , ¡tu fe y tu fortaleza fuertes, como la roca...! Virgen fiel del sí a Dios... ¡Bienaventurada, tu, que creíste...! ¡Eres Virgen de la fe luminosa y de la fe constante...! Tu clima espiritual, la atmósfera habitual: la mirada continuamente puesta en Dios por la fe; el corazón orientado hacia Él, por la esperanza; el alma más y más transformada en Dios por el amor.  Vivías en el tiempo y por encima del tiempo, por encima de las cosas creadas, por encima de lo visible... Tu morada en Dios, en la intimidad de las Tres Divinas Personas, habitando en el misterio trinitario... ¡Eres Señora de la gracia de Dios...! ¡Eres Señora del si que diste a Dios...! ¡Eres Señora de los que tienen prisa de irradiar a Cristo...!  ¡Eres Señora de ti misma...! ¡Mi Madre la Virgen del Pilar, apoyada en Dios...!  Si te amo, ¿no te he de irradiar?...

¡He de vivir en todos los acontecimientos de mi vida, grandes y pequeños, como tú, apoyada en la omnipotencia misericordiosa de Dios...! ¡Quiero vivir, como tú, Madre, en un abandono total en mi Dios-Trinidad..., en una entrega total a mi Dios-Trinidad...! ¡Señora de la fe, concédeme tu fortaleza en la fe...! ¡Señora de la esperanza, te pido la altura de tu esperanza...! ¡Señora del amor, otórgame la profundidad de tu amor...! ¡Señora del Pilar, que te apoyaste en Dios..., y vas a la cabeza de esas almas generosas, heroicas, perfectas imitadoras de Cristo; que tomaste en serio los compromisos del sí, dado a Dios...! ¡que yo tome en serio, como tú, mi compromiso de ser toda y siempre de mi Dios-Trinidad...! ¡Que me haga también señora de mí misma...!

¡Señora y Madre de todas nosotras las Misioneras de Ntra. Sra. del Pilar., agradecemos a Dios en ti estos veinticinco años de vida religiosa, pedimos a Dios-Trinidad por tu intercesión, ser fieles hasta la muerte en la congregación, no solamente estando, sino, siendo profundamente un Cristo viviente y en totalidad con la fuerza del Espíritu...!

E-140    ME-E 1987    Ternura de Dios

Dios mío, Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Me siento habitada por ti; me siento en ti, Dios mío, en tu amor gratuito y eterno que se da de modo especial a los que nada tienen. Tú, mi Dios-Trinidad me eres como un inmenso seno materno que cuidadosamente me envuelves de dicha, de gozo, de amor... Me siento como en tu maternidad acogedora que envuelves todo mi ser. Tú, Dios mío, me eres Padre y me eres madre. Ternura indecible de mi Dios y Señor. Por esto Dios mío, arrojo en ti, mi nada, mis fragilidades, llena de confianza, de seguridad de que, tu voluntad se cumplirá en mí, en la congregación. ¿Qué no harás Dios mío, por mí, por todos y cada uno de nosotros, que somos portadores de tu mismo aliento divino e inmortal? Ternura de mi Dios-Trinidad, envuelve en tu seno materno todas nuestras miserias y fragilidades, no las tengas en cuenta, Dios mío, y, que de tu seno materno, brote hacia nosotros el titulo profundo de hijos de Dios, y que en ti, Padre, quedemos asegurados en la vivencia profunda del carisma congregacional, exigida por tu llamada y por tu voluntad santísima, siendo nuestro vivir como un himno de alabanza y de adoración al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Dios mío, tú me das y me pides respuesta para poderte entregar de nuevo Y la respuesta a tu amor, es abertura de nueva capacidad de recepción; en la medida en que me doy al Dios Trinidad, respondo al amor infinito que en donación se me entrega.

Dios se me da del todo. Si yo siendo limitada, reparto mi capacidad entre el tiempo pasado, el futuro, las criaturas, el amor propio... ¿Qué le daré a mi Dios y Señor en cada momento...?

¡Hambre de Dios! ¡Siempre tengo hambre de Dios! ¡Hambre de Dios, en su ser y en sus personas.! Dios mío, mi vivir, es un constante apetecerte, un apetecerte a sólo Dios. Señor, cómo te necesita mi ser sediento y jadeante, en urgencias inmensas. Ansío lo eterno, porque mi corazón, creado para lo infinito, reclama la llenura de Dios y mi espíritu busca el manantial eterno de las aguas inagotables, para repletarse en el caudal de la eterna fuente y, en su torrente, quedar saturada del ser infinito...

Tú, sólo Dios mío, eres la saciedad y la llenura de los hombres. Por esto, Dios mío, la adoración, es la respuesta del hambre que de ti mismo me das, como himno de alabanza ante la excelencia del infinito...!

E-109      ME-E 1985     

Por creación soy hija de Dios

Por creación soy hija de Dios. Fui creada para Dios. Por el bautismo he recibido una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de Dios. Y no sólo Dios vive su vida en mí por esencia, presencia y potencia, sino que al insertarnos en Jesucristo por el bautismo, se viene a vivir su vida con nosotros en comunicación amorosa...  Me goza de ser hija de Dios...

Vivo por participación la misma vida de Dios: conociendo, expresando y amando con el su mismo ser infinito en Trinidad de personas. En cualquier momento y circunstancia en que me encuentre. El Dios-Trinidad está amorosamente en mi ser, es mi Padre y es mi Dios, y de alguna manera me está haciendo Dios por participación.

Soy hija de Dios, ¡qué alegría saber que lo que hace Dios en sí y para sí mismo, lo hace en mi ser para mí. Mi ser al conocer y amar a Dios, se adhiere a el según es y como tres personas, se une a las tres, pasando a vivir por participación con ellas, de su misma actividad: contemplando con el Padre, expresando con el Verbo, amando con y en el amor infinito del Espíritu Santo. La adhesión en el amor es lo que hace al hombre capaz de vivir la vida trinitaria.

La fe viva, con el amor siempre en activo, nos hace vivir de Dios, nos invita fuertemente a la adhesión amorosa a Él, convirtiéndose esta adhesión libremente aceptada, en la vida y participación de la realidad divina a la que nos adherimos...  En todo mi ser ha de haber silencio absoluto para escuchar al Padre que me está diciendo su infinita palabra, (Cristo) en el amor del Espíritu Santo.

Por el carisma congregacional estoy llamada a vivir la filiación divina en profundidad.  Soy hija de Dios, y como tal he de vivir siempre en su intimidad...

La oración de un hijo de Dios es como omnipotente porque tiene la fuerza del Padre-Dios que le implora la realización de su voluntad. El hijo que ora al Padre en petición confiada es roca firme e inquebrantable, porque la fuerza de su Padre-Dios le sostiene...Dios está en mi ser: está sosteniéndole, amparando, amando, dándome el calor de Padre.

Y yo ¿qué hacer? Por el ser de hija de Dios, vivo en su intimidad amorosa con la familia divina, me siento penetrada e impregnada de la sabiduría del Padre, llena de la palabra del Verbo y como saturada en el amor del Espíritu Santo. En retorno amoroso hacia el y en amor profundo a cuanto Dios me dio en familia Misionera de Ntra. Sra. del Pilar...  Cuando entré en el secreto del seno infinito de mi Dios y Padre, me perdí en su misterio y abismada en el silencio de su actividad inmutable, no tuve capacidad más que para conocerle, amarle y expresarle, rompiendo, ante la alteza de su ser infinito, en adoración callada y profunda y en el silencio secreto del ser. Donde en un instante eterno de virginidad fecunda, Dios es en tres personas un hijo de Dios se pierde en el regazo divino, dejando todo aquello que, interponiéndose en su caminar, hacia el encuentro con Dios, le impide saber del gozo infinito de la familia divina en su perfección amorosa y su vivir es un gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

E-046    ME-E 1977     

Confianza

"En ti, Dios mío, he puesto toda mi confianza, jamás seré confundida (Te Deum)

Por dura que sea la prueba interna o externa, Dios es mi Padre. Soy su criatura. Soy su consagrada. Soy propiedad de Dios. "Así dice el Señor: maldito quién confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza!. Bendito quién confía en el Señor y pone en el Señor su confianza!. (Jer 17,5-7).

Señor, yo soy pobre e impotente, pero todo lo espero de Ti: "todo lo espero en aquel que me conforta". Desde siempre he confiado en mi Dios-Trinidad, y, no sólo confiar, he vivido y quiero vivir siempre, mientras me dure la vida, abandonada en mi Dios. Estoy completamente convencida de que Dios vela, de una forma especial sobre los que esperan en Él. Estoy totalmente persuadida que en la medida que se confía, que se abandona en Dios, en sea medida Dios ayuda, Dios ampara, Dios favorece. Nunca puede faltar cosa alguna, a quien de Dios lo espera todo.

En medio de la evolución del mundo, por dura que sea la prueba interna o externa, Dios es mi Padre. Soy hija de Dios. Vivo en paz, confiada, abandonada en mi Dios-Trinidad. Paréceme como si todo lo hubiera dejado en mi Dios-Trinidad.

Cada día, de una forma especial, dejo a mi Madre la Virgen el cuidado (bajo todos los puntos de vista), a todos y cada uno de nosotros, a toda esta familia religiosa. Que Ella nos enseñe a configurarnos con Cristo y espero conseguirlo. En mi Dios-Trinidad lo dejo todo cada día. No quedaré confundida. Mi único cuidado, mi único empeño, mi grande preocupación: que todos y cada uno vivamos el carisma, seamos, en profundidad, Cristo vivo y en totalidad con la fuerza del Espíritu. Que Dios sea glorificado.

Aunque perdiera la salud, los medios y las fuerzas para entregarme de todo a Dios, aunque me perdiera yo misma y todos en la tierra me abandonaran, no por eso perderé mi confianza en mi Dios-Trinidad. Toda mi confianza se funda en la esperanza con que espero ser ayudada, amparada, de mi Dios. Conozco mi nulidad, mi flaqueza, que soy frágil y mudable, sé cuánto pueden las fuerzas del mal, he visto caer seres grandes, columnas, he visto con gran dolor dejar puestos vacíos a muchos llamados por Dios en el estado religioso y sacerdotal, pero nada de eso logra acobardarme. Mientras confíe, mientras espere de veras en mi Dios-Trinidad, libre estoy de toda desgracia y de que esperaré siempre estoy cierta, porque espero también esta confianza, esta esperanza invariable, este abandono en mi Dios-Trinidad.

“Tu que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente,  di al Señor: refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti. Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás, no se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos...

Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé, con él estaré en la tribulación, lo defenderé y lo glorificaré”. (Salmo 90) 

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