Misioneras de Nuestra Señora del Pilar

 

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Esperanza V
 
 
 
 
 
 

Juventud:

El fervor religioso que manifestaba Esperanza produjo en sus padres cierta preocupación y decidieron enviarla a servir a Zaragoza para que fuera una “chica normal”, como ellos decían, a la edad de 15 años. Su padre la llevó a las religiosas de María Inmaculada con el fin de prepararla para trabajar en el servicio doméstico.

 “Esta salida me costó un poco, más que nada por dejar a mi madre pero me fui contenta”.

A los dos meses la colocaron con dos señoras en la calle S. Jorge, nº 7 - 2º, con ellas hablaba de Dios y compartían sus inquietudes.

Los domingos por la tarde seguía en contacto con las religiosas de María Inmaculada y allí conoció a las Franciscanas Misioneras de María que se hospedaban en el Servicio Doméstico.

“Yo quería escoger una Congregación donde se sufriera mucho por Dios y por las almas; por esto me llamó la atención esta Congregación”.

A los 16 años decide ingresar como religiosa en las Franciscanas Misioneras de María de Pamplona. Decisión que en principio no es bien acogida por sus padres, aunque después esta actitud cambió y fue su mismo padre quién le acompañó a Pamplona. Al llegar y ver cómo era la vida religiosa, todo le gustó, pero lo encontró excesivamente fácil. Echaba de menos más tiempo de oración. La maestra le dio permiso para levantarse por la noche a orar. Terminado el postulantado tomó el hábito y el noviciado lo hizo muy contenta.

En el segundo año de noviciado es destinada a Madrid, Esperanza cae enferma. La llevan a Pamplona. La enfermedad persistía. La gravedad era extrema. Tres meses antes de profesar coge el tifus y con mucho dolor la enviaron a casa. Una vez en casa se recupera rápidamente y pronto puede hacer vida ordinaria. Mantiene correspondencia con las religiosas y con su confesor, D. Teodosio Aoíz, Secretario Canciller del Sr. Arzobispo de Pamplona. Una vez restablecida vuelve con las religiosas a Pamplona donde comienza de nuevo el postulantado.  Vuelve a enfermar, la envían a casa y al poco se puso bien.

“Después de pasar algún tiempo en casa, el confesor que había tenido en Pamplona (me seguía escribiendo) me manifestó, que tal vez Dios me quería en la vida religiosa contemplativa por tener tanta vida de oración. Quiso que conviviera con las religiosas de la Visitación de San Francisco de Sales de Pamplona. Solamente llevaba como un mes, me puse enferma. El confesor, de acuerdo con las religiosas me enviaron a casa.D. Teodosio Aoiz, me dijo que me estuviera en casa hasta que Dios me manifestase su voluntad”.

 Mientras esto ocurría, ella seguía haciendo lo que era su vida: orar y trabajar. Se traslada a casa de su hermana Eustaquia.

“En casa de mi hermana Eustaquia y de su esposo, allí empecé mi vida apostólica... instruía a las jóvenes que acudían a casa... la finalidad era acercarles más a Dios... Se leía el Evangelio, a mi modo se les comentaba, se rezaba el Rosario, se les daba buenos consejos, los que creía ante Dios... Tenía un grupo de chicas muy majas... En los ratos libres, enseñaba el catecismo en la parroquia y visitaba a los enfermos”...

   

 

 

 

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