Misioneras de Nuestra Señora del Pilar

 

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TRÁNSITO DE M. ESPERANZA VITALES OTÍN

M. Esperanza Vitales Otín falleció en Huesca, en la Casa Madre, el día 24 de mayo de 2005, a los 93 años de edad. Sus funerales se celebraron el día 28 de mayo en la S. I. Catedral de Huesca y sus restos fueron exhumados en la Capilla de la Casa Madre.

 

 

 

 

 

 

Dios es bueno,

¡es tan bueno!, ¡infinitamente bueno! Toda la eternidad estaremos descubriendo la bondad de Dios y no acabaremos nunca de maravillarnos. Soy Hija de Dios, es lo que he sido siempre y lo que quiero ser por toda la eternidad. ¡Que nuestro amor a Dios y a los hermanos, haga de cada una de nosotras un himno de alabanza amorosa al Padre..., al Hijo..., y al Espíritu Santo...!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la homilía de D. Jesús Sanz Montes, Obispo de Huesca y de Jaca en la celebración de su funeral: “Madre Esperanza es un trazo de Dios, que es un modo de decir que con ella ha generado una historia y un lugar en los que son reconocibles la huella evangélica de un mundo diferente, de un mundo más parecido a la entraña creadora del mismo Dios. Paradójicamente, en unos años muy difíciles para nuestra patria, tras el final de una guerra civil y el comienzo de una postguerra, en medio de tanto odio y revancha, el Señor se vale de una joven, de una mujer sencilla y dócil, para susurrar otra historia, para poner en marcha otra realidad. No se trataba de maldecir el absurdo de toda guerra que siembra de muerte, sino de bendecir la belleza con la que los hombres podrían vivir y convivir de un modo diferente. Entre la maldición del absurdo y la bendición de la belleza, estaba M. Esperanza como instrumento de Dios para dar comienzo en su tierra monegrina, en el pueblo natal de Lanaja, la Congregación religiosa de las Misioneras de Nuestra Señora del Pilar. Con sus 27 años fue la mediación de Dios para contar y cantar una historia diversa, que no hiciera las cuentas con el odio y el resentimiento fraticidas, sino con el amor misericordioso al que Dios nos llama a sus hijos. Dios se vale de los mejores hijos de la Iglesia, los santos, para acercarnos ince­santemente su Palabra y su Presencia. Los santos, como ha dicho el teólogo Hans Urs von Balthasar, son una exégesis viviente del Evangelio, son la mejor interpretación de Jesús con su propia vida. Así la M. Esperanza, con su propia existencia y con el carisma que a través de ella Dios ha regalado a su Iglesia, ha descrito el Evangelio del Señor y ha dado origen a una historia de santidad.”

 

Mis queridas hermanas Misioneras de Ntra. Sra. del Pilar.

Hace tres años que el Señor me dio la gracia de conocerla y conoceros, de quererla y de quereros. Me ha impresionado su riqueza humana y su profundidad espiritual. Me ha impresionado su gran experiencia de Dios que buscaba profundizar constantemente, su “oro y rezo” con el que seguía haciéndose cada vez más toda de Dios y sólo de Dios, su petición de octubre pasado en uno de los descansos de nuestra tercera jornada inicial pidiéndome que le enseñara a contemplar a Dios, continuando la explicación a la que había asistido en la sala.

He gozado su densidad que se os regala una y otra vez en cada uno de los documentos

que nacieron de su alma antes que de su pluma,

su “a Dios le he conocido más por la oración que por los libros”.

He gozado viéndola ser toda de Dios y sólo de Dios cada vez que he tenido la suerte de verla y hablar con ella en estos tres años. Conocerla y aceptar su don en mi vida ha sido el gran regalo del Buen Padre Dios en estos tres años…

Con ella me he sentido entrañablemente unido a vosotras, por ella he tratado de desmenuzar vuestra riqueza carismática y con vosotras, con cada una, siento su marcha y gozo su plenitud.

En este cuarto año del plan de formación permanente en que trabajaremos el carisma la sentiremos viva y a nuestro lado, entre tanto gozará para nosotras –anticipando nuestro ser de Misioneras del Pilar- siendo definitivamente toda de Dios y sólo de Dios.

Me uno entrañablemente a todas en este momento del adiós, con toda mi cercanía y cariño.

Juan Ramón Alegre Villarroya 24 mayo 2005